Durante más de veinte años he estado profundamente involucrada en caminos espirituales, holísticos y de sanación natural. Sin embargo, durante mucho tiempo la homeopatía no despertó en mí un interés genuino. Incluso debo admitir que no estaba del todo convencida de la verdadera dimensión que la energía tenía en los procesos de salud. Como ocurre con frecuencia, una cosa es comprender algo desde la teoría y otra muy distinta es experimentarlo en la propia vida.
Alrededor de los 35 años viví mi primer ataque de pánico. Fue, sin duda, una de las experiencias más difíciles y desconcertantes que he atravesado en materia de salud. Los diagnósticos hablaban de ansiedad, depresión y pánico, atribuidos —según el enfoque médico convencional— a una línea hereditaria. Más allá de la explicación clínica, lo que yo sentía era una profunda pérdida de control interno, un quiebre entre mi cuerpo, mi mente y mis emociones.
Desde el inicio supe que la medicación alopática no era una opción para mí. Necesitaba encontrar una forma de comprender y regular lo que estaba ocurriendo en un nivel más profundo. Inicié entonces un proceso que incluyó técnicas de respiración, terapia psicológica, coaching, medicina natural, oligoelementos y farmacoacupuntura. Para ese momento ya contaba con formación en naturopatía, y fue ahí donde apareció la homeopatía por primera vez en mi camino.
Aquellos primeros remedios homeopáticos me ayudaban a relajarme, pero no lograban resolver el problema de fondo. Hoy comprendo que se trataba de fórmulas estandarizadas, no individualizadas, y por lo tanto no correspondían verdaderamente a mi terreno ni a mi historia personal.
Con el paso del tiempo logré una estabilidad relativa, hasta que llegó el COVID. Tras contagiarme, reaparecieron con fuerza los ataques de pánico y la ansiedad. En ese contexto, y movida por la buena intención de una exalumna, tomé medicamentos homeopáticos que no eran los adecuados para mí, lo que desencadenó un brote psicótico. Esta experiencia fue profundamente dolorosa y marcó negativamente mi percepción de la homeopatía; llegué incluso a desarrollar miedo hacia esta medicina.
Superado el proceso del COVID, mi pareja insistió en que acudiera con un homeópata. Aunque me resistía, finalmente acepté. Para entonces, la ansiedad ya no era el único problema de salud que presentaba. Como sucede en muchos casos, había normalizado padecimientos que llevaban años acompañándome: menorragia persistente, asma desde la infancia y un dolor torácico intenso provocado por el frío. Mi salud, en general, se encontraba en un proceso de deterioro progresivo.
Hoy entiendo con mayor claridad que la enfermedad no se limita al plano físico. Mi sistema nervioso, mis emociones y mi mundo interno tampoco se encontraban en equilibrio.
Cuando finalmente acudí con un homeópata en Orizaba —y verdaderamente agradezco a la Diosa haber llegado al lugar correcto— me encontré con un médico profesional, ético y capacitado. Durante la valoración detectó la presencia de miomas uterinos, además de mis padecimientos crónicos. Inicié entonces un tratamiento homeopático organizado y sostenido que llevé durante aproximadamente dos años.
Los resultados fueron profundos y graduales: los síntomas de asma desaparecieron, mi ciclo menstrual recuperó estabilidad y, más allá de los cambios físicos, comencé a transitar un proceso interno de conciencia y sanación. Comprendí que la homeopatía actúa desde lo más profundo del organismo, desde la energía celular, revelando no solo síntomas, sino también memorias, patrones y aspectos emocionales que necesitan ser reconocidos para poder sanar.
Este proceso exigió disciplina, constancia y compromiso. Sin embargo, los resultados fueron tan claros y sostenidos que despertaron en mí una profunda inquietud por comprender esta medicina desde su raíz. Fue así como nació un verdadero amor por la homeopatía.
Reconocí que este conocimiento resonaba profundamente con mi naturaleza espiritual y sanadora. Al vivirlo de manera correcta y consciente, pude constatar por mí misma el poder real de la energía curativa cuando se aplica con respeto, criterio y conocimiento.
Decidí entonces iniciar formalmente la carrera de homeopatía, ampliar mi formación con cursos especializados y continuar mi preparación en la asociación civil Priori Sanitatis, donde, gracias a las enseñanzas del Maestro Carlos, adquirí una comprensión mucho más profunda del enfoque clínico, filosófico y energético de esta medicina.
Mi espíritu investigador me llevó también a estudiar la homeopatía francesa e italiana, corrientes que ampliaron mi visión y me permitieron integrar lo aprendido en lo que hoy considero mi propio arte de curar.
Actualmente vivo en una práctica constante de autocuidado y preservación de la salud. Porque la salud es profundamente valiosa, y cuando se pierde, su restauración puede requerir largos procesos, no solo físicos, sino también emocionales y espirituales. Hoy no solo me acompaño a mí misma, sino también a mi familia, a mis alumnos y a mis pacientes, con la responsabilidad y el amor que esta medicina merece.
La homeopatía se ha integrado de forma natural con mis más de veinte años de experiencia en el Neo-Druidismo y el Druidismo, caminos que comparten una misma visión: el respeto por la naturaleza, por la individualidad del ser humano y por los procesos internos de sanación. Juntas, estas disciplinas conforman hoy la base de mi práctica terapéutica y de mi servicio al bienestar integral.
"Carolina García, Eubague Dwynt"